miércoles, 22 de junio de 2016

Outcast busca expandir los límites del terror


Outcast es una nueva serie basada en una historieta homónima de Robert Kirkman, el creador de The Walking Dead (el cómic y luego también la serie, junto a Frank Darabont). Este autor no se caracteriza por su originalidad. De hecho, el comienzo de The Walking Dead es un calco del de Exterminio, recordado film de zombis de Danny Boyle estrenado en 2002: el protagonista se despierta en un hospital y no encuentra a nadie a su alrededor; parece en medio de un sueño en el que es el último hombre sobre la Tierra hasta que descubre que no lo es y que no se trata de un sueño, sino de una pesadilla. La historieta y la serie evolucionaron, y luego de una docena de episodios ya queda claro que no importan tanto los zombis hambrientos como la crónica del fin de la civilización y del viaje de los protagonistas por un mundo nuevo e infernal. The Walking Dead fue un proyecto a largo plazo y hubo que tenerle alguna paciencia hasta que encontrara su singularidad. Este antecedente obliga a darle un voto de confianza a Outcast.

La nueva historieta y serie de Kirkman también comienza como otra docena de relatos de su género, que es el de las posesiones demoníacas: cuando un chico pasa de matar cucarachas a cabezazos y lamer los restos de la pared a hablar en lenguas y flotar sobre su cama resulta evidente que necesita algo más fuerte que medicación psiquiátrica; así entran en escena el reverendo Anderson (Philip Glenister, el inolvidable Gene Hunt de Life on Mars y Ashes to Ashes), predicador exaltado y exorcista en combate singular contras las fuerzas del averno, y Kyle Barnes (Patrick Fugit, quien fuera el adolescente protagonista de Casi famosos), que tiene una historia familiar de posesiones y también un don especial para combatirlas.


Como en The Walking Dead, Outcast envía algunas señales que indican que se trata de una historia que excede las coordenadas de su género: las posesiones de Barnes van de la mano de recurrentes episodios de violencia doméstica y los sucesos paranormales suelen darse en escenarios en los que el tramado social empieza a resquebrajarse no por una invasión sobrenatural, sino por la pobreza, la falta de educación y de empleo, la influencia del fanatismo religioso, en suma, el caldo de cultivo que hace posible la aparición de demonios del mundo real como Donald Trump. En los primeros episodios, tanto la trama demoníaca como la más terrena de las historias personales de los protagonistas circulan por caminos ya visitados. La serie usa demasiado, al punto de volverlo inefectivo, el flashback repentino con un momento terrorífico y dosifica tanto la aparición de nueva información que se vuelve reiterativa. Sin embargo, dado el pedigrí de su creador, corresponde preguntarse si esta serie, con tiempo, no reconfigurará el género de los exorcistas como The Walking Dead hizo con el de los muertos vivientes.